América hispana en nuestras puertas

1 Marzo 2009

Desde que Jesús Resucitado envió a los suyos con las conocidas palabras: "id a convertir todos los pueblos, bautizándolos en el nombre de Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñadles a guardar todo aquello que yo os he mandado", los apóstoles y discípulos no han dejado de predicar la palabra de la verdad y generar las iglesias" (S. Agustí). Una semilla que ha ido fructificando entre nosotros, gracias a Dios, y se ha traducido también en obras en favor del bienestar moral y material de los hermanos de otros lugares, como he podido experimentar con mucho gozo en la reciente visita a nuestros sacerdotes que trabajan en Cal (Colombia). Es evidente que la Iglesia Particular de Lleida no ha sido nunca una Iglesia aislada sino muy abierta, como corresponde a la catolicidad que la define y a su constitutiva dimensión de universalidad.

Todos compartimos sensaciones variadas cuando tenemos ocasión de conocer experiencias directas de aquéllos que han decidido dedicar la propia vida y energías al servicio del Evangelio y de los pobres: sentimos admiración por su 'heroísmo' y ganas de hacer alguna cosa muy concreta, y también indignación por las injusticias de que son objeto millones de personas por todo el mundo (junto a una cierta vergüenza de pertenecer a aquella minoría de 'acomodados' que todavía se queja y se lamenta de las propias condiciones de vida).

Hoy quiero agradecer expresamente en nombre de todos la generosidad personal de todos aquellos hermanos y hermanas que han hecho y continúan haciendo de su vida un servicio evangélico, mediante el cual la presencia de la Iglesia en los países de Misión se ha ido institucionalizando y consolidando, lo cual da estabilidad y perdurabilidad.

Tengo que decir también que aquello que hemos podido compartir en nuestra visita a nuestros sacerdotes de Cali no ha sido un arrebato siempre admirable de unos misioneros aventureros, sino el compromiso de muchos años de servicio evangélico sencillo y próximo a una población pobre en recursos y disponibilidad económica pero rica en humanidad y alegría fraterna.

Pienso también que el trabajo de estos hermanos nos beneficia también aquí, construye iglesia aquí, y tenemos que mantener vivo el intercambio de sentimientos y acciones evangélicas, con el fin de no perder de vista nunca nuestra dimensión misionera "ad gentes" que ellos hacen posible.

Detrás de la acción de nuestros misioneros está siempre presente la Iglesia madre de Lleida y también tendría que haber la generación de un movimiento permanente de sensibilización y colaboración entre las Iglesias. De hecho, la Iglesia de Cali (sus Pastores) han mostrado interés y también están dispuestos a compartir con nosotros algunos de sus sacerdotes en justa reciprocidad.

Recibid el saludo de vuestro hermano obispo,

X Joan Piris Frígola

Obispo de Lleida