Lourdes en Lleida

22 Febrero 2009

Lourdes es una experiencia intensa de convivencia fraterna y serena, de celebración cristiana, de universalidad eclesial… y, por descontado, de encuentro con el Señor a través de María. Los responsables de aquel Santuario han tenido el acierto de concentrar la atención de los peregrinos de manera muy clara y visible en la persona de Jesucristo, en la oración alrededor de los misterios de su Pasión, Muerte y Resurrección y, sobre todo, en su Presencia sacramental – eucarística.  

Allá y aquí, a los pies de aquella imagen tan venerada de María, encomendamos de manera especial a todos aquellos hermanos más próximos a la Pasión de Jesús, por sus duras experiencias de enfermedad, sufrimiento, dolor, soledad, marginación, emigración forzosa, muerte de seres queridos, fracasos, desengaños y otros, que cada día limitan en gran manera su vida. Es una cosa que nuestra pastoral sectorial habrá de valorar debidamente intentado ofrecer “servicios” bien organizados y consoladores de acogida, de orientación y de acompañamiento personal. 

Sé perfectamente que los motivos que llevan a tantísima gente a visitar aquel santuario son muy variados y algunos, incluso discutibles. Pero para la mayoría continúa siendo un referente explícito de espiritualidad cristiana y una ocasión para replantear a fondo criterios evangélicos, precisamente de la mano de María, aquella bendita mujer que aceptó embarcarse sin condiciones en el programa de vida que Dios le presentaba por medio de Gabriel en Nazaret.

Nuestra celebración solemne en la Catedral de Lleida, habría de ser también una oportunidad de profundizar en el papel de María en la vida de la Comunidad cristiana y en lo personal de cada bautizado, procurando ir más allá de lo puramente devocional y emotivo.

María de Nazaret ha ocupado siempre un lugar especial en el corazón de los católicos, pero el Concilio Vaticano II ha recordado claramente que “la función de María, como madre de los hombres. no oculta ni diminuye de ninguna manera la mediación única de Cristo”, en línea con lo que dice San Pablo: “hay un solo Dios, hay también un solo medianero entre Dios y los hombres, el hombre Jesucristo, que se dio a si mismo como rescate por todos: este es el testimonio que Dios ha dado en el tiempo fijado por el” (1 – Tim . 2, 5-6) ( L.G. 60).

Ojalá nuestra veneración y piedad mariana sea una fuente de verdadera espiritualidad centrada en Aquel hacia el cual nos orienta y conduce María, que una vez más, nos vuelve a decir: “Haced lo que el os diga”.(Ju, 2,5).

Recibid el saludo de vuestro hermano obispo,

X Joan Piris Frígola

Obispo de Lleida