"Que sean uno"

25 Enero 2009

En el evangelio de Juan y como testamento antes de la Pasión, encontramos entre otras palabras impactantes esta plegaria de Jesús: "Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado (Jn 17,21). Jesús que nos había mandado amarnos como hermanos, ahora "pide" la unidad y lo hace rogando al Padre a Dios. Eso sí, añade una razón muy importante: así el mundo podrá creer ...

Si la unidad de los cristianos puede ser condición para que puedan creer, quiere decir también que la falta de unidad y la división entre los seguidores de Jesucristo puede hacer más difícil creer o, incluso, puede llegar a dar motivos para no creer en Él, y eso nos tendría que preocupar más.

En el Concilio Vaticano II está la idea de comunión precisamente como un elemento casi estimulante que nos abre nuevos horizontes y pide buscar caminos también nuevos. Está como un hilo transversal en todos sus documentos y aparece como trasfondo cuando se habla de pueblo de Dios, de cuerpo, de templo, de comunidad, de unidad ...

Eso quiere decir que en nuestras comunidades cristianas tienen que poder convivir siempre la comunión y el respeto y la apertura al otro. Pero también tenemos que hacer percibir que la Iglesia de Jesús no es la suma de gente que piensa igual ni puede ser entendida como un grupo de opinión o de propaganda. La fuente de nuestra existencia no somos nosotros sino la acogida de la llamada que Dios nos ha hecho, y continúa haciendo, "convocándonos" (LG 2) a sentarse en la mesa del amor trinitario y destinándonos "a ser imagen de su Hijo, que así ha estado el primero de una multitud de hermanos" (Ron 8,29). Todos los cristianos estamos llamados a poder llegar a sentarnos y participar algún día de la misma mesa eucarística, y nos ha de doler no poder hacerlo todavía.

Este ser "convocado" al amor fraterno nos da todavía más motivos para considerar a todas a las personas en su dignidad de hijos de Dios y a creer que vale la pena dar la vida por cada uno como lo hizo Jesús. Cada bautizado recibe personalmente esta convocación y se tendría que sentir responsable de que la comunidad eclesial fuera verdaderamente un espacio en el cual se puede vivir la experiencia del amor de Dios y que sea esta experiencia lo que constituye su unidad. Y como hemos recibido de Dios los dones y carismas necesarios para ejercer esta responsabilidad, tenemos que ver también las posibilidades de servicio que tenemos en la Iglesia (en el interior y en el exterior de la Comunidad) y ponerlas en marcha abriéndonos en círculos cada vez más anchos.

Ésta fue la experiencia de san Pablo al pasar de perseguidor a evangelizador entusiasta y así también lo recuerdan los documentos conciliares que conviene repasar en esta fecha: precisamente hoy se cumplen 50 años de la convocatoria del Concilio por parte del hoy Beato Joan XXIII: "Dios creó al hombre no para vivir aisladamente, sino para formar sociedad. De la misma manera, Dios ha querido "santificar y salvarnos no aisladamente, sin conexión alguna de unos con los otros, sino constituyendo un pueblo que lo confesara en verdad y lo guarde santamente" (GS 32).

Recibid el saludo de vuestro hermano obispo,

X Joan Piris Frígola

Obispo de Lleida