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Fe y vida en el nuevo año 18 Enero 2009 De joven sacerdote estudiando en la llamada Ciudad Eterna tuve el gozo de vivir el acontecimiento histórico de la clausura del Concilio Vaticano II (8-XII-1965) y, tratando de escoger una idea desde la cual iluminar el año que empieza, me he encontrado ante un texto muy fuerte de la Gaudium te Spes: «La separación, constatable en muchos, entre la fe que profesan y la vida cotidiana se tiene que contar entre los errores más graves de nuestro tiempo ... El cristiano que descuida sus compromisos temporales descuida sus deberes hacia el prójimo, e incluso hacia Dios mismo, y pone en peligro su salvación eterna» (n. 43). Son palabras mayores, como podéis ver, pero pienso que el comienzo de un año podría ser una buena oportunidad para preguntarnos hasta qué punto estamos dispuestos a no contribuir más a alimentar aquel error que el Concilio califica de entre los "más graves" y a sacar las consecuencias prácticas correspondientes. No podemos negar que ser cristianos y vivir como cristianos son puestos a prueba cada día más en nuestros ambientes y tendremos que remar tantas veces a contracorriente, pero está precisamente ante las dificultades donde brota más fuerte la llamada a ser más convencidamente coherentes con nuestra identidad de «sal» y «luz» en la sociedad. Aunque lo nuestro es un tiempo de purificación que puede llegar a cansarnos, estamos llamados a dar mejor sabor y más claridad a nuestro alrededor. Afortunadamente no caminamos solos, construimos sobre el mejor de los cimientos, Jesucristo, y vamos sembrando la semilla del evangelio en el surco que otros han abierto antes que nosotros desde hace más de dos mil años. Por todas partes se nos dice que hay que plantearse seriamente la cuestión de la transmisión de la fe como la mayor de las prioridades, pero eso es imposible si caemos en la trampa de jugar con dos peleas disociando la fe y la vida. Somos seguidores de Jesucristo las veinticuatro horas del día y los trescientos sesenta y cinco días del año: tanto en el templo como en la calle, en casa en la vida de familia y en el trabajo o a la escuela, durante el tiempo libre y en la diversión, y también en todas nuestras actividades y relaciones económicas, sociales y políticas. Ojalá que en Lleida, más allá de polémicas inútiles, los miembros de la Iglesia acertemos a hacer resonar los valores y las exigencias del Reino de Dios como algo realmente propicio y decisivo para la felicidad de todo el mundo. Recibid el saludo de vuestro hermano obispo, X Joan Piris Frígola Obispo de Lleida |