Abrirse a la bendición de Dios

7 Diciembre 2008

En el Evangelio, Maria habla poco y calla mucho. Va haciendo su camino, sin seguridades humanas, con la perplejidad de los que sólo viven de Dios. Pero ella concentra en su persona la vitalidad de amor y de esperanza de los creyentes de todos los tiempos. Y se convertirá en nuestra Madre, y nos ayudará a entender un poco más a la maternidad de la Iglesia, y la de nuestra propia comunidad, llamada a engendrar nuevos hijos de Dios en la medida en que esté entregada a su Señor.

La fiesta de la PURÍSIMA (Inmaculada Concepción de María) pone ante nosotros un acontecimiento muy particular: María ha empezado su vida en una situación de amistad con Dios, de pureza, de bondad de corazón, que los otros seres humanos no tenemos. Y eso por un don especial de Dios. Totalmente poseída por la gracia de Dios (llena de Gracia -Lc 1, 26-38), 'preservada' en atención a los méritos de Jesucristo, ha sido la primera en participar plenamente de la Redención de Cristo. (Redimida desde su concepción, dice la definición de Pío IX en 1854).

Felicitamos a María por esta predilección que Dios ha tenido con ella y que nos hace descubrir también la vocación de todos los humanos, nuestra propia vocación, nuestro propio destino: el apóstol Pablo nos dice que hemos sido elegidos antes de crear el mundo para ser hijos adoptivos por Jesucristo ... para que fuéramos santos, irreprensibles a sus ojos. Aunque con frecuencia somos rebeldes y no sabemos darnos ni a Dios ni a los otros, la solemnidad de la Inmaculada dentro de este tiempo litúrgico de Adviento pasa a ser un grito de esperanza para toda la Iglesia, pidiéndonos estar bien preparados para recibir Aquél que viene a "bendecirnos con todo tipo de bendiciones espirituales" (Ef 1).

Claro está que con esta solemnidad no estamos celebrando ningún aniversario, en el sentido tradicional del término, sino un misterio de salvación: estamos afirmando con toda la Iglesia que María no vive del pasado, de una herencia corrupta, sino del futuro, de aquella etapa de posibilidades y de bendición de Dios en la cual todos estamos igualmente llamados.

Ojalá que Maria de Nazaret, que se abrió completamente a la acción del Espíritu Santo, nos anime a hacer cada día más y mejor el camino de la vida totalmente orientados hacia este futuro definitivo.

Recibid el saludo de vuestro hermano obispo,

X Joan Piris Frígola

Obispo de Lleida