Presencia de la Iglesia hoy

26 Octubre 2008

Hay mucha gente que opina que la Iglesia en su conjunto no acaba de encontrar su lugar ni su papel en una sociedad democrática, plural, laica y secularizada. … Asimismo si la iglesia primitiva supo ir encontrando su lugar en una sociedad mucho más pagana y en un clima mucho más hostil, hemos de concluir que esta tarea es hoy tan posible como lo fue entonces. 

Sabemos que lo que la Iglesia ha de hacer es anunciar y hacer experimentar que Dios, en Jesucristo, “ha reconciliado el mundo consigo mismo y a nosotros nos ha confiado este ministerio de reconciliación” (2Cor. 5, 19-20). Y lo ha de hacer escuchando “los interrogantes del hombre de hoy, y a partir de ellos, repensar la teología, y por encima de todo esto, escuchar la realidad tal cual se presenta y aceptar sus lecciones” (J. Ratzinger). Sin olvidar que Jesús puso como condición de una buena relación con Dios el interés por dar de comer al hambriento, vestir al desnudo y ayudar a los presos y enfermos (Mt.35,31,ss).  

Ciertamente hay muchos asuntos concretos (y técnicos) en los cuales habrán de intervenir las mediaciones humanas a la hora de juzgar, pero la actitud a tomar por la Iglesia es clara: “el camino de la Iglesia es el 'ser humano' (Redemptor Hominis, 14)". “El ‘sacramento del hermano’ aparece aquí como el único camino suficiente de salvación, el prójimo como ‘la incógnita de Dios’ donde se decide el destino de cada uno. Lo que salva no es que uno conozca el nombre del Señor (Mt. 7,21), lo que se le pide es que trate humanamente al Dios que se esconde en el hombre” (J. Ratzinger). O como dijo Pablo VI en la clausura del Vaticano II: “Estamos dispuestos para servir a los hombres como tales, no solamente a los católicos, a defender en primer lugar y delante de todos los derechos de la persona humana y no solamente los de la Iglesia”.  

El estilo de este servicio habrá de ser el diálogo que propone sin querer imponer, y también el esfuerzo de promover experiencias de verdadera fraternidad humana y aquellas relaciones que puedan favorecer “convivir” y respetar  las diversidades al máximo (a niveles personales  y también estructurales). Es así como la Iglesia estará en condiciones de ser “sal de la tierra” y “luz del mundo” y podrá mantenerse, como ella misma se ha autocalificado, como “una señal de comunión de los seres humanos con Dios y entre sí (Lumen Gentium 1). 

Es posible que la Iglesia al realizar con fidelidad esta misión, pueda resultar molesta algunas veces y provocar cualquier reacción menos grata, pero hay que abrir horizontes a una sociedad que busca la necesaria felicidad solamente por el camino de satisfacer las urgencias propias e inmediatas, desentendiéndose habitualmente de las necesidades de los otros y aparcando “agnósticamente” la visión de la vida y los criterios creyentes de la tradición cristiana. Criterios que enfatizan otra “hoja de ruta” que pide olvidarse de la propia felicidad y pensar en la de los hermanos: “Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierde por mí, la encontrará. ¿Qué sacaría el hombre de ganar todo el mundo si pierde la vida? ¿Qué no daría el hombre a cambio de su vida? (Mt. 16, 25-26).

Recibir cada uno el saludo de vuestro hermano obispo.

X Joan Piris Frígola

Obispo de Lleida