Misionero por vocación

19 Octubre 2008

Así se presenta san Pablo en sus Cartas, “llamado” por Otro. Una llamada que continúa siendo una prioridad absoluta para todos los bautizados, para que cada día seamos sensibles ante las necesidades de un mundo (Rom, 8, 19-22), que vive entre angustias y esperanzas (GS 4), y por el que tenemos bien claro que Jesús y su manera de entender la vida es la únicas solución. 

Desde que Jesús Resucitado envió a los suyos con las conocidas palabras: “Id y convertid todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñadles a guardar todo aquello que yo os he mandado”, los apóstoles y discípulos no han dejado “de predicar la palabra de la verdad y generar las iglesias” (San Agustín). 

Anunciar a Cristo y su mensaje salvador es un deber urgente, como dice el apóstol: “Yo no puedo gloriarme de anunciar el evangelio, porque es una obligación que me han impuesto; ¡ay de mi si no anunciara el evangelio” (1 Cor. 9,16). Además, contemplando la propia experiencia de san Pablo, comprendemos que la actividad misionera es la reacción que corresponde como respuesta al amor que hemos recibido de Dios y que hemos de extender y compartir por todo el mundo. 

Y aunque sufrimos una gran carencia de clero y de vocaciones consagradas, como nos recuerda el Papa en su mensaje del Domund, hay que insistir en que el mandato de Cristo de evangelizar a todos continua siendo una prioridad porque  “la tarea de evangelización  de todos los pueblos es la misión esencial de la Iglesia” (EN 14). 

Gracias a Dios, esta dimensión misionera sigue estando muy viva entre nosotros y de acuerdo con el proyecto de Jesús, hace muchos años que nuestros misioneros y misioneras se han hecho presentes entre los más desfavorecidos de la tierra. Y todos compartimos sensaciones varias cuando tenemos ocasión de conocer experiencias directas de aquellos que han decidido dedicar la propia vida y energías al servicio del Evangelio y de los pobres, sentimos admiración por su heroísmo, y deseos de hacer alguna cosa bien concreta, y también indignación por las injusticias de que son objeto millones de personas en todas partes del mundo, (junto a una cierta vergüenza por pertenecer a aquella minoría de “bien estantes”, que aun se queja y se lamenta de las propias condiciones de vida.  

Hoy quiero agradecer expresamente en nombre de nuestra Iglesia de Lleida, la generosidad personal de los hermanos y hermanas que han hecho y continúan haciendo de su vida un servicio evangélico, mediante el cual la presencia de nuestra Diócesis en los países de Misión se ha ido institucionalizando y consolidando. 

El trabajo de estos hombres y mujeres nos beneficia también aquí, construye iglesia aquí, mantiene vivo el intercambio de sentimientos y acciones evangélicas, no nos deja perder de vista nunca nuestra dimensión misionera “ad gentes” que ellos hacen posible enviados por sus Iglesias de origen o congregaciones. Detrás de la acción de los misioneros están siempre presentes las Iglesias Particulares y también, gracias a Dios, la generación de un movimiento continuo de sensibilización y colaboración de muchos ciudadanos. 

Que la celebración de la Jornada Misionera Mundial nos anime a todos a tomar una conciencia renovada de necesidad urgente de anunciar el Evangelio.

 Recibir cada uno el saludo de vuestro hermano obispo.

 

X Joan Piris Frígola

Obispo de Lleida