Fortaleza, seguridad y constancia

12 Octubre 2008

La idea dominante en la liturgia del Pilar es la presencia de María en la Iglesia y la firmeza que su intervención y su devoción procura al pueblo de Dios. 

De la misma manera que en el libro del Éxodo (13, 21-22) contemplamos como una columna de fuego acompañaba de noche al pueblo de Israel peregrino en el desierto, dirigiendo su itinerario, en la Virgen vemos simbolizada “la presencia de Dios, una presencia activa que guía al pueblo elegido a través de los peligros de la ruta”. 

Se trata de una presencia materna que se afirmó y explicó en el Concilio Vaticano II, recogiendo la tradición viva de la Iglesia (LG 53, 61, 63). Por eso podemos dirigirnos a María con amor filial y pedir para todos los miembros de la Iglesia las gracias necesarias en cada momento. 

En nuestros tiempos, los católicos necesitamos sobre todo dar testimonio público de nuestra fe en Jesucristo con aquella fortaleza que los Apóstoles mostraron ante las autoridades religiosas de Israel: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5.29). Por eso pienso que hay que pedir la gracia de ser y formar una comunidad evangelizada y evangelizadora, reconciliada y reconciliadora. Con la Iglesia pedimos hoy a nuestro Padre Dios: “fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor”. 

La exhortación del Apóstol Pedro es válida aún hoy para nosotros: “Pero incluso si por actuar con rectitud habéis de sufrir, ¡dichosos vosotros! No tengáis miedo a nadie, ni os asustéis, sino honrad a Cristo, como Señor, en vuestros corazones. Estad siempre preparados para responder a cualquiera que os pida razón de la esperanza que tenéis”. (1Pe 3,14-15). 

Pero todo esto nos exige una fuerte comunión eclesial y una gran confianza en el acompañamiento del Señor y de su Madre Santísima. 

El acompañamiento lo tenemos asegurado, pero la “comunión eclesial” la hemos de ir construyendo entre todos y no podemos bajar la guardia porque nos jugamos mucho y tenemos también el encargo del propio Jesús: “A los que del mundo escogiste para confiármelos, les he hecho saber quién eres..... Ahora saben que todo lo que me confiaste viene de ti. Han comprendido que en verdad he venido de ti, y han creído que tú me enviaste”.  

 “Te ruego por ellos. No ruego por los que son del mundo, sino por los que me confiaste, porque son tuyos. Padre santo, cuídalos con el poder de tu nombre, el nombre que me has dado, para que estén completamente unidos, como tú y yo. No te pido que los saques del mundo, sino que los protejas del mal. Como me enviaste a mí al mundo, así yo los envío”. “No te ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí al oír el mensaje de ellos. Te pido que todos ellos estén unidos; que como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Les he dado la misma gloria que tú me diste, para que sean una sola cosa como tú y yo somos una sola cosa: Que yo esté en ellos y tú en mí, para que lleguen a ser perfectamente uno y así el mundo sepa que tú me enviaste” (Jn. 17, 6-23). 

Con María, que es también la primera piedra de la Iglesia templo de Dios, a su alrededor con los apóstoles reunidos el día de Pentecostés, hemos de ir creciendo como pueblo de Dios. 

Que la fe y la esperanza de la Virgen, Nuestra Señora, nos dé nuevo aliento para edificar el reino de Dios en nuestras tierras. 

Recibid cada uno el saludo de vuestro hermano obispo,

X Joan Piris Frígola

Obispo de Lleida