Del amor a Jesucristo, de querer vivir y servir como Él no podemos jubilarnos jamás

Ac 7, 51-8,1; 1 Pe 5, 1-4; Jn 15, 9-12

Homilía en las bodas sacerdotales e inicio del proceso diocesano de los mártires 

 “Permaneced en mi amor ”. Estas palabras son la expresión de la voluntad de Cristo de que quienes le habíamos de representar ejerciendo el ministerio sacerdotal nos mantuviéramos siempre fieles en su amor

Fidelidad que no ha sido fácil para la generación de presbíteros que celebráis los 50, 60 ó 70 años de vuestra ordenación presbiteral. Habéis sido, quizá, una de las generaciones de presbíteros que, a lo largo de la historia reciente de nuestra Iglesia, habéis vivido situaciones de grandes contrastes eclesiales y sociales. Por eso, podría ser conveniente recordar lo que ha sido, sin duda, el alma de vuestro ministerio: vuestra fidelidad a Jesucristo

Desde que empezasteis vuestro ministerio sacerdotal, muchas cosas han ido cambiando en el seno de la Iglesia y de la sociedad, y muy a menudo estos cambios no se realizaban sin tensiones y dificultades. Pero a pesar de todo, fuisteis conservando una cosa esencial: el amor a Jesucristo. Hace pocos días me lo decía  uno de vosotros: “Pero, por encima de todo, yo he amado a Jesucristo”. Y por Él y con Él, habéis amado a todas las personas que Dios os ha confiado. Queridos hermanos: os habéis jugado la vida a una única carta, la de Jesucristo. Él ha estado en el centro de todo y por Él lo habéis soportado todo. Habéis mantenido vuestro sí inicial, Nos alegramos, os felicitamos de todo corazón y os agradecemos vuestra entrega generosa.

Que ha habido fragilidades, aciertos y equivocaciones:  es verdad, porque somos humanos, pero sólo Dios puede juzgar plenamente una vida entregada al servicio de Cristo y de los hermanos. Y no dudo de que Dios os mira con gran amor porque un día, quisisteis seguir las huellas de Jesucristo y representarlo en el servicio al pueblo de Dios. Por eso, estimados hermanos sacerdotes, os invito a renovar vuestro acto de amor a Jesucristo, diciendo como San Pedro: “Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo”. Y al renovar esta promesa de fidelidad el Señor sigue diciéndoos “Apacienta mis ovejas

Podríamos decir que estáis entrando o habéis entrado en una etapa diferente de vuestra vida presbiteral. Con todo, vuestra vida sigue siendo un don de Dios para entregarla a Él y a los hombres y mujeres con aquellos trazos, que ha descrito san Pedro: “Apacentad el rebaño que Dios os ha confiado, no a la fuerza, sino de buen grado, como Dios quiere; (...) con ánimo genero; no como déspotas con quienes os han sido confiados, sino como modelos de rebaño (1 Pe 5, 1-4). Creo que quizá  cuando algunas actividades pastorales han de disminuir porque ya empiezan a faltar las fuerzas necesarias, han de aparecer en nosotros, con más  vitalidad, lo que son las virtudes fundamentales sobre la que se sostiene la vida cristiana, el amor desinteresado, la plegaria intercesora, la misericordia consoladora, la confianza estimulante, el abandono en manos de Dios, el soportar las dificultades de la vida sin perder la esperanza y poder seguir diciendo con alegría: “mi único tesoro es y ha sido  Jesucristo”.  Del amor a Jesucristo, de querer vivir y servir como Él no nos podemos jubilar nunca. Estemos dónde estemos y estemos cómo estemos, se ha de notar que nuestra vida está en manos de Dios como signo de que vale la pena vivir entregados a Jesucristo y al Reino de Dios

Cuando se hace la descripción de una vida, lo que ha sido lo más esencial de ella, suele permanecer escondido. En el interior del corazón de nuestros hermanos que hoy  homenajeamos hay todo un tesoro de humanidad  y toda una riqueza de vida   evangélica, de la que quizá  no hablarán nunca las crónicas humanas, pero Dios lo tiene registrado en el libro de la vida, este libro que solo Él conoce. Y hoy queremos unirnos a  su acción de gracias por estos momentos que sólo ellos y Dios conocen. Porque han sido, sin duda, estos momentos cuando habéis manifestado con más  fuerza la misericordia del Padre Dios; cuando os habéis acercado a los hombres y a las mujeres como a signos visibles de Cristo, Buen Pastor; cuando, con la fuerza del Espíritu, vuestra palabra ha podido tocar el corazón de alguna persona. En estos momentos habéis manifestado, sin duda, lo más importante del Evangelio: hacer llegar el amor de Dios Padre a toda persona, sea cual sea su condición y situación. En estos momentos habéis podido sentir que las renuncias a tener una familia propia os han llevado a descubrir una nueva paternidad, que da vida a los que vienen a pedir perdón o a buscar una palabra de consuelo, de esperanza, de compasión y de misericordia.

No hay duda de que vivimos un cierto oscurecimiento de la presencia de Dios. Por eso sigo contando con vosotros para que podáis seguir señalando al mundo y a la Iglesia, donde está la fuente de la esperanza: Cristo muerto y resucitado presente entre nosotros. Esta presencia amorosa de Cristo es la fuente de la luz, de la fuerza que permite a la iglesia seguir caminando. Contamos con vuestro testimonio y rogamos para que vuestras vidas sigan completamente enraizadas en Jesucristo

He querido resaltar la fidelidad de estos hermanos presbíteros, con los que hoy damos gracias a Dios Padre por Cristo en el Espíritu. Y acentuando esta dimensión de fidelidad, hemos hecho coincidir en este acto, el inicio solemne del proceso diocesano para la beatificación o declaración de martirio de 137 sacerdotes y 17 laicos de la Diócesis. Hoy recordamos con gozo inmenso la grandeza de ánimo que movió a aquellos presuntos mártires, presididos por el Obispo Huix y por su Vicario General, a testimoniar que si Dios lo es todo y nosotros lo hemos recibido todo de Él, es justo entregarse totalmente a Él, único Absoluto y Fuente inagotable de vida y de paz.  Como san Pablo, pudieron proclamar: “He combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he guardado la fe” (2 Tm 4,7). Murieron como Cristo, como san Esteban, perdonando. El perdón ha de ser la fuente de toda reconciliación. Los mártires, con su actitud de perdón, nos invitan a superar viejos rencores y a buscar caminos para construir una fraternal convivencia.

Urgidos por la necesidad de abrir nuevos caminos para anunciar eficazmente a Jesucristo a nuestra sociedad, no olvidamos que la persona de hoy, más que palabras, pide testimonios, es decir “mártires“, cristianos y presbíteros que no consideren las dificultades como una amenaza, sino como una ocasión magnífica para manifestar la fidelidad y el amor a Cristo. A veces damos la impresión de que tenemos un cierto pudor de manifestarnos sacerdotes y cristianos y reducimos la fe al ámbito privado y el sacerdocio al ámbito de las funciones, como una profesión, que sólo exige un  tiempo al día  para ejercerla. No hemos de tener miedo de expresar nuestra identidad siempre y en todos los ámbitos de la vida. Seamos testigos valientes y humildes del Evangelio!

Hermanos y hermanas, que el ejemplo de fidelidad de los sacerdotes que hoy homenajeamos y de los presuntos mártires, estimule nuestra fidelidad a Cristo, para  que siempre, con la ayuda de la gracia de Dios, demos un testimonio humilde, servicial y fraterno de nuestra fe

                           + Francesc Xavier, Obispo de Lleida

Catedral, 15 de mayo de 2004