San Anastasio es un ejemplo de fortaleza y de fidelidad a las propias convicciones

Ap, 7, 9-17; Rom 8, 31-39; Mt 10, 28-33.

Homilía en la Fiesta Mayor de Lleida

Nuestra ciudad es una ciudad en fiestas; una ciudad abierta y hospitalaria  que, ha suspendido las obligaciones de al vida ordinaria para decirse a celebrar, con sana alegría, las maravillas de la vida y de la convivencia.

Las fiestas de mayo, en honor de san Anastasio, tienen muchos momentos diferentes. Precisamente una de las características de las fiestas es su carácter global y variado. Hay muchas fiestas diferentes dentro de la fiesta  general. Y uno de estos momentos esenciales, dentro del amplio panorama de la fiesta mayor, es esta Celebración Eucarística, aquí en la Catedral. Y creo que es obligado que intentemos vivir este momento claramente religioso de la fiesta mayor con la misma claridad y con la misma verdad con qué vivimos los otros actos.

Aquí y ahora estamos evocando la causa y el principio de todo lo demás. Todo el frondoso y variado ramaje de las fiestas de mayo nace de este tronco central que es la memoria y el recuerdo de san Anastasio, mártir, raíz de nuestra tradición cristiana. Él acogió el don del amor de Dios hasta el heroísmo del martirio. Él fue capaz de imitar a su Señor Jesucristo, derramando su sangre y entregando su vida antes de renegar de la fe cristiana. San Anastasio es un ejemplo de fortaleza y de fidelidad a las propias convicciones. Suyas podrían ser las palabras de  san Pablo  – 2ª Lectura-: “Y estoy seguro de que ni muerte ni vida... ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom 8, 38-39).

Celebrar con seriedad y con verdad la fiesta de san Anastasio quiere  decir, por tanto, dar gracias a Dios por haber incorporado a los habitantes de la antigua Ilerda al Pueblo de Dios, al Pueblo iluminado con el conocimiento del Dios verdadero, al Pueblo guiado y purificado con las enseñanzas del Evangelio, al Pueblo santificado con la esperanza en la vida eterna.

Con estos bienes espirituales, nuestra ciudad ha recibido de la fe cristiana bienes culturales y sociales tan importantes como el respeto a la dignidad de la persona humana, la noción de la igualdad entre el hombre y la mujer, la idea del matrimonio y de la familia que ha sido y sigue siendo el eje de nuestra cultura y de nuestra vida social y personal, el valor de la autoridad como el servicio a un pueblo libre, el reconocimiento de la justicia y de la misericordia como normas supremas de convivencia. Por todos estos bienes, recibidos de Dios, que nos ha situado entre los pueblos más bien dotados de la tierra, demos gracias a Dios de todo corazón.

Éste es el momento de reafirmar el valor inigualable de este patrimonio sobre el cual se ha ido edificando  nuestra historia y nuestra riqueza espiritual  y cultural. Éste es el momento de disponernos espiritualmente para conservar, con fidelidad y buen discernimiento, este capital espiritual en unas nuevas circunstancias con las adaptaciones externas que sean precisas pero manteniendo celosamente la sustancia de nuestra fe y de los valores culturales que de ella hemos recibido a lo largo de los siglos. Un numeroso grupo de profesores de la Universidad de nuestra Ciudad y del IREL ha asumido el reto de confeccionar la obra “Raíces Cristianas. Presencia y significación del Cristianismo en la Historia y en la Sociedad de Lleida”. Obra cuyo proyecto os anuncié en la misa conmemorativa de los 800 años de la colocación de la primera piedra de la "Seu Vella". Confiemos que, con la ayuda de Dios, esta singladura llegue pronto a buen puerto.

Una sociedad es rica y eficiente si tiene recursos culturales y asociativos, de manera que, sin anular lo que es propio de los ámbitos político  y económico, que son también necesarios, se promueva entre todos un clima de convivencia armoniosa y se multipliquen los caminos de integración de los ciudadanos en la tarea de promover iniciativas de apoyo mutuo y de cooperación fecunda. La aceptación de los principios éticos y democráticos  en los que se basa la convivencia civil y en particular, el respeto sincero del principio de subsidiariedad  (cf GS 75), constituyen las condiciones para una nueva maduración del espíritu solidario y de la conciencia cívica de toda una Ciudad.

Hay quien piensa que las puertas de la modernidad solamente se abrirán abandonando la religión y la moral cristiana. Para algunos la fe cristiana es algo espurio que el pueblo ha de abandonar para recuperar su pureza original. Por la fuerza de este argumento habríamos de volver a la época de las cavernas.

Otros consideran que la fe en Dios y el reconocimiento efectivo de la ética de la ley natural y de las Bienaventuranzas evangélicas pertenecen a tiempos pasados, anteriores a los progresos de la razón, de la ciencia y de la libertad. Pero se olvida que no hay verdadera sabiduría hasta que la persona  reconoce los límites de la propia razón y acepta con humildad la ayuda que Dios le ofrece por la revelación de Cristo y la comunicación del Espíritu Santo.

Los cristianos de hoy hemos de reafirmar en nuestro corazón el valor de nuestra fe. Hemos de darnos cuenta que en el mundo actual los cristianos somos un grupo numeroso singular, ignorado y rechazado por algunos, con frecuencia puesto bajo sospecha; pero del que se espera el testimonio de una vida diferente, alternativa, una vida sana y sabia, capaz de orientar y de iluminar la vida de todos, inclusive de los que la desprecian.  

En fiestas y fuera de fiestas, en la vida personal y en la vida pública, tenemos la oportunidad y la obligación de presentarnos delante de los otros como discípulos de Jesucristo, como hijos agradecidos de Dios Padre, como hombres y mujeres dispuestos al perdón, a la convivencia serena y al servicio  desinteresado y generoso de los más necesitados. En esta claridad, en esta firmeza, en esta eficacia de nuestra fe encontraremos la rectitud y la felicidad de nuestra vida. Nos ha dicho Cristo en el Evangelio:  “Si alguno se declara a mi favor delante de los hombres, yo también me declararé a su favor delante de mi Padre celestial” (Mt 10, 32).

Que Dios nos conceda a todos unas fiestas agradables y felices, que la paz y la alegría de Dios visite nuestros hogares y nuestros corazones, que la fe de san Anastasio, que es la fe de los apóstoles y la del mismo Jesucristo, ilumine cada paso de nuestras vidas y mantenga nuestros corazones en el camino de la esperanza y de la paz. 

Francesc Xavier Ciuraneta Aymí

Obispo de Lleida

Catedral, 11 mayo 2004