|
¡Buen trabajo! 15 Octubre 2006 Si el asno hubiera sabido el por qué de todas aquellas vueltas, su cansancio diario hubiera sido más soportable. Toda su vida dando vueltas atado a una noria. Un gesto aparentemente inútil. Un camino sin meta. ¿Qué sentido podía tener aquel ir dando vueltas? ¿No existían verdes praderas para pastar? Pero, claro, el buen asno no tenía derecho ni para discutir ni para hablar. El ser humano puede pensar, puede hablar y discutir. El burro se ha de limitar a escuchar. Con todo, si al fin de la jornada, un ser humano se acercara al borrico y le dijera unas palabras de agradecimiento!; pero los humanos no agradecen el bien recibido de los otros. Se expresan duramente cuando no se sigue su capricho. Al asno ni siquiera le gustaba su aspecto: orejas largas, voz monótona. Reconoce que es estúpido. Solamente le acompañaban unos moscones repelentes, y más ahora que llega su fin. La de un largo camino de dar vueltas sin destino. Pero un día se acabó. El borrico se murió. Entonces escuchó una voz que nunca había escuchado. No era la acostumbrada voz humana, siempre exigente ofensiva. Era aquella voz estimulante, agradecida, que le hubiera gustado en vida: ”Buen asno, buen asno. Ven a ver lo que has conseguido con tu trabajo, que parecía no tener sentido”; y un gran prado de hierba verde, fresca, como una gran alfombra se extendía delante de él. “El agua que sacabas del pozo, día a día, ha nutrido estos campos fecundos, frondosos”. Entre tanto, una candorosa manita infantil le hacía caricias. El burro le decía: “¿No te importa que sea un burro? ¿No te gustaría que fuera blanquito como una ovejita? “No”, decía el niño sonriente. “A mí me gustas tal como eres, con las orejas largas, y la piel áspera. Lo importante es que tú eres la imagen de tres cosas muy apreciadas por mí, la humildad, la paciencia y la pobreza. Después añadió con ternura: “¿Querrías hacerme el favor de dar un poco de calor con tu aliento? Hemos empezado un nuevo curso académico y pastoral. Nuevas responsabilidad nos esperan. Aparentemente quizá no tendrán demasiado brillo: pero Dios padre, mira siempre con agrado lo que hacemos, sobre todo si lo hacemos desde el amor y para el amor. El monótono dar vueltas del asno de la parábola parece no tener sentido, que es inútil. Nada de lo que hacemos por Dios y por los hermanos es inútil delante de Dios. X Francesc Xavier, Obispo de Lleida |