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Cultivar la fe 8 Octubre 2006 Una noche me perdí por las calles de una gran ciudad. La providencia hizo que me encontrase con una viejecita ciega, que me dijo: “Si no conoces el camino, te acompaño yo que lo conozco. Si tienes la fuerza de seguirme, de tanto en tanto, te llamaré gritando hasta allá, al fondo donde hay un ciprés, después subiremos a aquella cima, donde hay una cruz”. Respondí; “Es cosa extraña que una que no ve, me quiera guiar”. La vieja me apretó la mano y me dijo: “Camina”. Entonces comprendí que aquella viejecita, que la Providencia había puesto en mi camino, era la virtud de la fe. Por ella debía dejarme guiar dócilmente si no quería perder el camino, que he de seguir a lo largo de la vida de este mundo, para llegar a la casa del Padre Dios. Seguir la fe no es fácil. A todos nos viene la tentación de pedirle a Dios pruebas de su proximidad, como “un seguro de felicidad”. Querríamos signos de que nuestro camino por la vida es el bueno. Algunos, incluso, tenemos afán de milagros. Queremos “ver” para “creer” mientras que el apóstol Tomás nos hace entender que son “felices” los que creen sin haber visto. Todos podemos tener dudas de fe y momentos de crisis en la fe: o bien porque parece que Dios ha entrado en eclipse, o porque han entrado las desgracias, que nos hacen dudar del amor de Dios, o porque las tentaciones nos han llevado por caminos perdedores porque nos hemos ido enfriando de nuestro fervor inicial. No es que sea buena la duda. Sobre todo, si es sistemática. Pero la duda tiene también aspectos positivos. Dudar puede significar que no ponemos la confianza en cosas banales, superficiales, que somos siempre peregrinos en búsqueda. Dudar puede significar que nuestra fe no se fundamente solo en lo que la familia, la parroquia, el colegio nos han transmitido, si no que, además de ser don de Dios, es también conquista nuestra, que pide nuestro “sí personal”, en medio de la confusión que reina en el ambiente, que en algunos momentos hace tambalear nuestras seguridades. Pidamos al Señor que purifique y aumente nuestra fe, que la haga sincera y fuerte. X Francesc Xavier, Obispo de Lleida |