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Ser original 23 Julio 2006 Le encontré en el jardín, como me dijeron. Sentado en un banco a la sombra de un árbol, parecía absorto en sus pensamientos. Me senté a su lado y le pregunté: ¿Por qué estás aquí? Me miró admirado y con sorpresa. Me respondió: “No es una pregunta muy oportuna. Con todo, la contestaré. Mi padre quiso hacer de mí una reproducción de sí mismo. También mi tío. Y mi madre también soñaba para mí la imagen ilustre del padre. Mi hermana ponía siempre como ejemplo a seguir su marido, siempre tranquilo, como pez en el agua. Mi hermano pensaba que yo le había de imitar y esforzarme por ser un buen atleta. Y mis profesores, los de filosofía, los de matemática, música… también quisieron ser dominantes. Cada uno quería que fuera una copia de cada uno de ellos. Por esto vine a este lugar. Me pareció más sano. Al menos puedo ser yo mismo”. “Ser uno mismo”. Porque, en nuestra sociedad, hay muchas llamadas a ser “originales”. Que quiere decir dejarse llevar por la esclavitud de la moda, del qué dirán, del respeto humano. Hemos de ser únicos, con una personalidad humana y cristiana bien definida, aportando aquella novedad de vida -las bienaventuranzas- que supone ir contra corriente. “Todos y todas lo hacen; todos y todas lo dicen”. Hay que ser lo suficientemente original para no dejarse llevar por lo más fácil, lo más cómodo, lo que más me agrada. El único criterio válido para el cristiano es el seguimiento de Cristo que, con sus palabras y su ejemplo de amor, nos guía hacia el Padre. Los santos precisamente lo son, porque se enraizaron en Cristo buscando actuar con sencillez como Él hizo. A menudo esperamos las grandes circunstancias de la vida y dejamos pasar las diarias. La vida de los santos se escribe en prosa, no en verso. Está hecha del gris de las ocupaciones habituales. La bondad de Dios se encuentra en la sencillez de las cosas. Seamos originales, convencidos de que la vida quizás no nos pedirá grandes heroísmos, a no ser que estemos de acuerdo en reconocer que el heroísmo que Dios espera es el del amor, lleno, total, desinteresado. X Francesc Xavier, Obispo de Lleida |