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Hombres y mujeres de Dios 29 Enero 2006 Llovía. Previsora como era, llevaba paraguas. Lo abrió. El viento impedía que lo llevara cubriendo la cabeza. Empezó a caminar de espaldas. Entonces se le ocurrió esta idea: “Anna, ¿no será así tu vida? Siempre caminando de espaldas a los otros. De espaldas a ti misma. A los otros, con los que no quieres compartir. A Dios, que tienes olvidado. ¿Crees que llegarás muy lejos? Anna cerró el paraguas y se dejó empapar por la lluvia. Entonces gritó: “¡Sí, quiero ser diferente. Quiero ser realmente libre!”. El próximo 2 de febrero celebramos la Jornada de la Vida Consagrada. En este día, la Iglesia ofrece, sobre todo la oración, para que los consagrados y consagradas vivan la fiesta de la libertad traída por Cristo y acogida por el hombre y la mujer en la vida consagrada. Es verdad que la libertad plena sólo se alcanza en la vida eterna. Pero, ya desde aquí podemos ir caminando hacia esta libertad perfecta si nos negamos a nosotros mismos, no como una destrucción propia, sino puesta en Dios la referencia de la propia existencia, dado que hemos sido creados a su imagen y semejanza. Negarse a sí mismo para llegar a poseerse de una manera más genuina porque, en palabras de Jesucristo, no nos lleva a alejarnos de Dios sino a acercarnos a Él. El que no se niega para seguir al Señor se cierra en sí mismo, excluye a Dios y así no puede vivir del amor, sino que vive absorbido por el egoísmo. No tiende a servir sino a ser servido, reduciendo el amor al instinto y a la propia complacencia. Vosotros, hermanos y hermanas consagrados, os definís por la pobreza, la castidad y la obediencia. Con esto señaláis que los tres grandes centros de interés, que constituyen vuestras motivaciones más humanas, están puestos en Dios. No poseer nada ni a nadie sino a Dios: “El Señor es el lote de mi heredad” (Sal 5,3). No entregarse a nadie, sino sólo a Dios, único Absoluto. Esto es transformar nuestro proyecto de vida en un proyecto de exclusividad con Dios. “Como la cierva desea el agua, así, mi Dios, os desea mi alma” (Sal 41,2). Como Cristo, no vivir desde sí mismo sino desde Dios. Por esto ejercer la propia libertad en la aceptación generosa y consciente de la voluntad de Dios; para vivir esta negación, para alcanzar esta libertad, debemos llenarnos de Dios, de quién nos llega el don del amor y la fuerza para cultivarlo y practicarlo; por esto toda persona consagrada a Dios ha de ser, en principio, un hombre y una mujer de Dios y para Dios. X Francesc Xavier, Obispo de Lleida |