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Navidad, con un corazón nuevo 18 Diciembre 2005 La noche de Navidad el Niño Jesús, va de una parte a otra para repartir sus dones y, también, para pedirlos. No los desea para él sino para distribuirlos a los que esperan recibirlos. Ahora tiene necesidad de un don extraordinario. Necesita un corazón que sustituya a otro que se ha cansado de latir. El corazón cansado que hay que cambiar pertenece al ministro de Hacienda. Los médicos, desesperados porque no encuentran a nadie dispuesto a dar su propio corazón, se habían dirigido al Niño Jesús confiando que habría realizado aquella noche el milagro. “Yo no he de hacerlo -había dicho Jesús- si no la bondad y la generosidad de un corazón dispuesto a darse:” El Niño Jesús acude a parientes, amigos, colaboradores del ministro. Les encuentra sentados a la mesa haciendo fiesta. Y rechazan la propuesta de Jesús. Entonces se dirige, si bien de mala gana, a los aduladores, a los que se han aprovechado del cargo del enfermo. Pero a estos ya no les preocupa una gratitud expresada a la hora de la muerte. Prefieren prepararse para adular al sucesor. Mientras tanto, Jesús camina al borde del desánimo. Y llegada la noche, se sienta contemplando la ciudad. Poco después pasa un pedigüeño que se ofrece a dar su corazón en la noche de Navidad. Y Jesús le toma de la mano y le acompaña a los médicos de la sala de operaciones, donde unas manos expertas le sacaran el corazón. Un corazón latiente, vivo, joven. Un verdadero corazón de poeta. La operación sale bien. Pero hete aquí que el ministro, con el corazón de poeta, se levanta de la cama y se pone a cantar. Todos comprenden que el ministro de Hacienda, al que habían querido salvar, está perdido. Pero, como compensación, también, un ministro de Hacienda podrá ahora, milagrosamente, vivir como un poeta. Navidad, misterio del Dios hecho hombre, invita a cambiar el corazón. Pasar de un corazón de piedra a uno de carne. De un corazón cerrado y egoísta a un corazón generoso. De un corazón calculador a un corazón de poeta. Es decir, que la celebración de la Navidad, que esperamos, será eficaz en nuestras vidas si hay en nosotros un deseo de verdadera conversión a Dios y a los hermanos más necesitados. X Francesc Xavier, Obispo de Lleida |