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Beneficencia y gratitud 25 Septiembre 2005
Dios, Rey supremo de todas las cosas, había anunciado una gran fiesta en
su palacio. Estaban invitadas todas las virtudes. Participaban todas, las pequeñas
y las mayores. De lejos se distinguía la fe envuelta en un manto verde. La
justicia llevaba las balanzas en las manos. La fortaleza, revestida con una
fuerte coraza. La paciencia, la templanza... Cada virtud mostraba su trazo
característico.
Las virtudes se trataban cordialmente entre ellas, como si fueran
familiares próximos. Pero, de repente, el Dios Omnipotente se percató de que
dos de aquellas virtudes se miraban con recelo, como si no se conociesen. Como
anfitrión de la fiesta, cogió a una de la mano y la llevó ante la otra. “La
beneficencia”, dijo, gritando a la primera. Después presentando a la segunda
dijo: “La gratitud”...
Beneficencia y gratitud. Las dos virtudes quedaron confusas. Desde la
creación del mundo, tiempo ya bastante lejano, la beneficencia y la gratitud se
habían encontrado por primera vez.
La narración es suficientemente expresiva e indica muy bien el
funcionamiento del ser humano. Le gusta mucho recibir y le cuesta mucho ser
agradecido. El agradecimiento es una virtud desconocida u olvidada.
El Beato Francesc Castelló, fiesta que, recordando su muerte martirial
celebraremos el próximo día 28, supo conjugar muy bien el agradecimiento por
los dones recibidos del Señor y suscitó agradecimiento por el bien que
constantemente él realizó. En él la beneficencia y la gratitud fueron dos
virtudes conocidas y practicadas. El amor a Dios, vivido con gratitud y con
intensidad, lo manifestó con un amor compasivo y generoso con los más
necesitados.
EL Canyeret, barrio muy pobre de Lleida, fue el escenario predilecto de
sus obras de misericordia. En él la acción apostólica, personal u organizada,
era el desbordamiento de las riquezas espirituales de su corazón. Reconociendo
lo mucho que había recibido de Dios, expresaba su agradecimiento, devolviendo a
Dios en los pobres, los dones recibidos.
Seamos agradecidos a Dios, nuestro Padre, reconociendo que todo lo que
somos y tenemos es don suyo para bien de los otros. Y hagamos buenas obras,
fruto y expresión de la beneficencia y del agradecimiento, como el Beato
Francesc Castelló, para que “los hombres glorifiquen a nuestro Padre
celestial” (Mt,5,16). X Francesc Xavier, Obispo de Lleida |